Vivimos en un país de poetas con libro único

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La poesía, según Stéphane Mallarmé, se hace con palabras. Es cierto. Sin embargo, en países donde la publicación de una colección de poemas no tiene más difusión que el grupo de amigos que asiste a la puesta en circulación, la poesía se hace con algo más que palabras. Viene de adentro. Vivimos en un mundo de poetas de un libro único. En un medio en que la poesía no permite ni siquiera pagar el costo de la edición, no es lógico que se repita la hazaña, más bien proeza, de publicar una segunda colección de poemas. Esto no se produce y el poeta que escribe con toda su alma, al que los versos le salen de adentro, de lo más profundo, no llega a adquirir lo que en francés se denomina métier y en nuestra lengua, oficio. 

Cuando Mallarmé escribe “no es con ideas que se hace la poesía, es con palabras”, nos propone evidentemente una teoría de la poesía. Quiere hacer significar el valor que tienen las palabras en el verso, el valor que tiene el conocimiento de la lengua en la poesía. La diferencia entre el poeta, es decir entre aquel que conoce su lengua, que trabaja los versos, y el que escribe, como se dice corrientemente, con las tripas, visceralmente o con el alma, es que en el primero hay oficio. La construcción del poema deja entrever la fuerza de los versos. Un poeta espontáneo, improvisado, puede iniciar de manera genial un poema, sin embargo, la falta de métier la notamos en la medida en que el poema avanza, cuando el ritmo decae y desaparece la fuerza inicial. La poesía cede a lo prosaico, y los versos parecen tirados por los cabellos o francamente malos.

Juan Bosch llamaba la espontaneidad creativa a un impulso que venía de adentro de lo más recóndito del escritor. Recuerdo una entrevista que le hiciera en mayo de 1975 en la que refería sus inicios en la literatura: “Al principio me sacaba el cuento de adentro. Como una mujer se saca el hijo de la placenta o de la vagina, así me sacaba yo el cuento: de adentro, de mis recuerdos” y completa: “Después no. Ya después me empeñé en ir dominando la materia [la técnica], hasta que creí que la había dominado cuando escribí El río y su enemigo”.

Todos los escritores tienen ese impulso inicial de que habla Bosch; el oficio viene después. La gente no establece diferencias entre los poetas. Digo esto porque en el extranjero, sobre todo en Europa, cada vez que se habla de América Latina se dice que es un Continente de poetas. Lo dicen de la misma manera que se cree que todos los españoles tocan guitarra.

Los poetas, los que tienen oficio, salvo contadas excepciones, no tienen el reconocimiento que su obra merece. Conozco poetas con varias colecciones de poemas inéditas. Las agencias de publicidad se han nutrido de la capacidad de síntesis de la creación poética, de su conocimiento del idioma.

La poesía está al alcance de todos. Un trocito de papel y un cabo de lápiz es suficiente para escribir un poema. Es cierto. Sin embargo, la poesía, buena o mala, que tanto aprecian los adolescentes y el público en general se pierde en gavetas, no se difunde, no se vende. Sólo un grupo reducido de amigos del “poeta” conoce su obra.

¿Quiere esto decir que la poesía es más fácil escribirla que publicarla Evidentemente. Muchas obras de los tocados por las musas resisten el análisis y el paso del tiempo. En la poesía se expone el “yo” y criticar una colección de poemas puede despertar el demonio que se esconde tras versos aparentemente inofensivos y cargados de ternura. La buena poesía se defiende sola. Isidore Ducasse, Lautréamont, fue sacado del olvido por los surrealistas franceses después de la Gran guerra de 14-18.

No es una casualidad que Pablo Neruda y César Vallejo, además de grandes y reconocidos poetas, sean maestros de la lengua española; la poesía exige un buen conocimiento de la lengua porque, como escribía Mallarmé, se hace con palabras. Al pasar de la poesía oral a la escrita, se acepta que es la poesía que da categoría de lengua a un idioma, verbigracia Cantar de mio Cid a nuestra lengua. Que un poeta logre reconocimiento es harina de otro costal.

En efecto, me parece acertada la observación que hace el poeta peruano Jorge Nájar sobre el desconocido Tomás Hernández Franco: “El poema [Yelidá] canta penumbras de amores prostibularios con un estilo cautivante y perturbador”, escribe Nájar en ‘Yelidá oculta en las barricas del ron y las montañas del racismo’ […]. Un poema total. Pero debo confesar que tras la primera lectura del canto insignia del poeta dominicano, mi preocupación no fue saber si en su tejido encarnaba o no el mestizaje caribe o, tampoco si en esa fusión de mitos y leyendas, de cuerpos y creencias de culturas de las antípodas asistimos a la hegemonía de los unos sobre los otros. Ni siquiera trato de entrever la tradición en la que se nutre el poema. No. Mi desconcierto se centró en interrogarme por qué no lo había leído antes, por qué nadie me había hablado de este poema nutrido en la noche, en los viajes, en los burdeles, en el universo fantástico del milagro. Sí. ¿Por qué ese poema cargado del erotismo de los puertos había permanecido oculto?”.