Pareciera que caminar en Santo Domingo es un riesgo

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Ernesto era supervisor general de una red de parqueos que mi amigo José Tavárez operaba en la ciudad de New York.  Rodaba la década de los noventa y yo viajaba con frecuencia a esa urbe. Después de recogerme en el aeropuerto, José me hospedaba en su casa.  Cuando las ocupaciones lo retenían, delegaba en Ernesto la tarea de transportarme. 

Ernesto nació en una comarca de la sierra, como les llamamos los santiagueros a las estribaciones montañosas del suroeste de la provincia. Hablaba un español estropeado, marcado por un fuerte acento cibaeño en el que la vocal i había proscrito el sonido de la r y la l. Era tan puro su barbarismo que ponía la i hasta en el precario inglés que creía hablar. Una vez le oí decir “apoi”, como pretendida pronunciación de Apple (manzana), la famosa marca de computadores personales. Yo tragaba la risa cuando escuchaba su saludo matinal: “gu moinin”.

Ernesto había arrebatado el “american dream”: tenía casa y vehículo propios, un buen salario y la confianza de su empleador. Solo le faltaba una cosa:  ostentar su éxito en la vecindad natal. “Vea uté, José Luí, que la felicidad nunca e completa. Uno aquí con eta máquina (vehículo) sin podei enseñaila. Yo, con eta montura en Santo Domingo, no le hablo a nadie, a meno que no me diga don. ¿Y la mujere? ¡Anda ei diablo! E ma, mejoi ni hablo…”.

Esa vieja amargura le malograba a Ernesto todo designio de futuro en los Estados Unidos. La respiraba hondamente, más cuando me abordaba.  Y no estaba solo en sus quimeras; es un sueño dominicano. Un vehículo resuelve dos problemas: uno básico, el transporte; otro cultural, que, según Ernesto, es echarle vainas a la gente. 

Y es que nuestro transporte colectivo ha sido tan malo que aún hoy, cuando ha mejorado la oferta, predomina en ciertas clases el rubor de usarlo. Ver a dominicanos fuera del país utilizar el mismo metro que aquí desechan es para apreciar el peso de ese prejuicio.  Tal desprecio cultural por el transporte público le da una invaluable dimensión a uno de nuestros problemas más graves: el tránsito urbano.  

Tampoco hemos colectivizado la caminata. Cuando viajamos fuera del país, solemos conocer las ciudades a pie. Entonces valoramos las bondades físicas y emocionales de una “promenade” por sus centros cívicos, históricos y culturales, ese paseo peatonal que nos concilia con el espíritu metropolitano.   

En cierta ocasión caminaba en traje por el centro histórico de mi ciudad, entonces varios conductores conocidos detenían la marcha, ya para inquirirme las razones o para darme un aventón; los que no se paraban me miraban con turbada extrañeza. Cuando estoy en Santo Domingo suelo sortear la maraña de atascos caminando tramos cortos. No pocas veces desde los vehículos se escuchan invitaciones a montarme. Me da la impresión de que caminar es un riesgo del que solo yo estoy inconsciente. 

Propongo que en el invierno y la primavera las alcaldías de Santo Domingo y Santiago promuevan campañas ciudadanas para caminar a pie o hacer ensayos oficializando un día de la semana (y por sectores) para el uso de la bicicleta y el trasporte público. Es una manera de quitarle pesadez al tránsito, crear la confianza en la circulación peatonal y promover una sana práctica de salud pública.  Me imagino escuchar los resabios de nuestros necios fatalismos.

El problema del tránsito urbano no solo es de educación, espacio u ordenación vial. Tampoco de la calidad y oferta del transporte colectivo. Es del volumen del flujo. La carga no son las unidades públicas; los vehículos privados, por ser más, aportan la mayor cuota al caos. 

El parque vehicular de la República Dominicana al cierre del año 2020 fue de 4,842,367 unidades, registra un incremento de 4.5 % con respecto al año anterior, equivalente a 207,491 nuevas unidades.  De ese stock, según la DGII, el 55.7 % son motocicletas, el 20.5 % corresponde a automóviles, el 10.7 % son yipetas y el 13.1 % restante corresponde a vehículos de carga, autobuses, entre otros. La mayor parte de los vehículos registrados pertenecen al Distrito Nacional, Santo Domingo Este y Santiago, con una participación de 28.5 %, 15.9 % y 7.9 %, respectivamente. Mientras las vías permanecen congeladas, cada año entre 200 y 300 mil vehículos se incorporan a la circulación.   

El transporte público podrá alcanzar estándares de primer mundo y todavía el dominicano medio seguirá aferrado a la “necesidad” de un vehículo. Frente a la decisión de adquirir un bien, el carro siempre será la opción preferente. No hay manera de pensarlo distinto. Es frecuente ver en nuestros barrios yipetas de cuatro o cinco millones de pesos aparcadas en casitas maltrechas que no sobreviven una tormenta tropical. 

Al vehículo se le ha asignado un valor social que no lo justifica: es símbolo de éxito, da estatus y acredita movilidad social. Eso explica algunos “patrones distópicos” en la actividad del crédito, como el extraordinario crecimiento de los préstamos de consumo, renglón que le aporta una cuota relevante a la cartera crediticia del sistema financiero nacional.  Las ferias de autos se han convertido en un mercado corriente de la banca. Empleados y dependientes sacrifican una parte sustancial de sus ingresos fijos para adquirir un bien de alta depreciación y costoso mantenimiento. Pero ¡es un carro!

Ernesto dejó de trabajar para la corporación de mi amigo, perdí su rumbo. Las pocas veces que subo a la sierra me late el presentimiento de encontrarlo en su yipeta transportando sus sueños y llevando una sonrisa siniestra de contrabando… Juro oírlo: “¡Ei diache!”