El puerto libre de Samaná

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En su sustancioso reporte Breves Consideraciones sobre la Península de Samaná publicado durante la Anexión en 1864, el oficial naval español José Valera Recamán, tras examinar y descartar el aprovechamiento rentable de sus recursos en la minería del carbón y en los cortes de madera, consignaba: “Si muchas han sido las utopías que se han formado sobre la Península de Samaná, como consecuencia lógica de las descripciones hechas de tan hermoso país y de sus producciones, no han sido menores las que se abrigaron considerando su posición y extensa bahía, como el punto más apropósito para la institución de un puerto franco que fuese centro de comercio para una gran parte de la América.”

A este respecto, el perspicaz oficial peninsular avanzaba un juicio: “También nosotros que combatimos hoy este pensamiento, hemos abundado en las mismas ideas, hasta que nos hemos convencido de las pocas ventajas que se reportarían por este medio a la nación y al comercio de nuestras otras provincias vecinas, y aún a la misma Península de que nos ocupamos.”

En la sección 4ta de su informe, Valera Recamán -cual si fuere un sesudo economista realizando un estudio de factibilidad- continúa la reflexión sobre el potencial de desarrollo de la tan apetecida Samaná y el interés de España en su posible explotación. Abordando en esta parte su habilitación como puerto comercial franco bajo un enfoque crudamente desalentador.

En 1807, bajo la Era de Francia en Sto. Domingo, el Gral. Ferrand ordenó confeccionar un conjunto de mapas y planos con miras a la erección de la formidable Villa de Port Napoleón. Dotada de avenida Imperial, plazas Napoleón, de Armas, Prefectura y de la Comedia, así como de jardines versallescos. Para hacer de Samaná un centro de los dominios galos en la región.

Más allá de los fabulosos proyectos que se fraguaron para Samaná a lo largo de su historia, todavía en 1963, un entusiasta Juan Bosch, tras su exitosa gira por EEUU y Europa, se proponía convertirla en puerto libre para las inversiones inglesas.

Veamos las razones esbozadas por el TN Valera: “Empecemos por observar que el comercio franco es, con relación al punto en que se ejerce, una planta parásita que recoge mucho fruto sin dar ninguno «al menos legalmente». Nos explicaremos: Gibraltar es un punto que respecto a España y a todo el Mediterráneo, ocupa una posición igual a la de Samaná con Santo Domingo y nuestras vecinas provincias de Cuba y Puerto Rico y las Repúblicas Hispano Americanas. Y ¿qué es Gibraltar? Un foco de contrabando escandalizador y ruinoso para España, que dio muy buenos resultados a los comerciantes ingleses cuando no estaban bien guardadas nuestras costas, y que hoy por la mayor vigilancia y por otras medidas muy oportunas del Gobierno de S. M., cuesta a la Inglaterra una suma de consideración sin ventajas de ningún género, desde el punto de vista de los intereses materiales.

Y ¿qué ventajas sacó Gibraltar para sí mismo de aquellos tiempos tan prósperos? Ninguna absolutamente; porque su comercio no era propio, y estaba reducido a ser un almacén de depósito de las manufacturas de Inglaterra, para la cual eran las ganancias como son ahora los quebrantos.

Volvamos la vista a Santo Thomas: ¿qué bienes le produce a esta Isla su franco comercio? ¿Qué ventajas le redundan de él al gobierno dinamarqués? Nosotros que lo hemos visitado lo definiremos diciendo que es una gran calle de almacenes alemanes e ingleses, que han ganado mucho dinero en tiempos no lejanos, siendo centro de un contrabando considerable, que se ejercía con nuestra Isla de Puerto Rico y la de Santo Domingo en tiempo de la extinguida república; y que hoy hace también iguales negocios con las repúblicas vecinas; pero cuyos beneficios no aprovechan a la Isla ni a la nación que la posee, pues escasamente sacará para mantener el reducidísimo número de empleados y de fuerza que tiene allí ocupados.

Que sólo por medios ilegales tienen salida los géneros almacenados en un puerto franco, casi no necesita prueba; bastará el siguiente ejemplo.

Refirámonos a la Península de Samaná y considerémosla convertida en un gran almacén de géneros y manufacturas extranjeras ¿traerá ventajas a un comerciante de La Habana el proveerse aquí de los efectos que necesite, a importarlos directamente? Ciertamente que no: porque por más baratos que los adquiera, siempre habrá de abonar alguna cosa por el flete y almacenaje, y hacer luego por sí mismo un costo de segunda conducción a La Habana: y si después de esto ha de abonar «como precisamente tiene que suceder» los derechos de introducción como si los recibiera de su primera procedencia, deduciremos que le sale más barato importarlos directamente.

Tenemos que, en el comercio legal, no sacarán ventaja alguna las Islas de Cuba y Puerto-Rico: y ¿cómo estando tan cerca ambas de esta Península, se evitará el contrabando que tanto disminuiría las rentas del Estado? Sería preciso instituir un resguardo marítimo muy numeroso, y cuyos costos no serían de escasa monta: y aun así, no haría más que mitigarse porque la ambición no reconoce peligros, y aguza el ingenio que burlaría muchas veces la acción del gobierno.

Pues consideremos á Samaná en las mismas condiciones con relación a lo restante de la parte española de la Isla de Santo Domingo ¿bastaría, como se pretende por algunos, la creación de una aduana en el istmo que las une? ¿No sería necesario cubrir además la otra costa de su extensa bahía, con un resguardo muy costoso, si había de ser fiel? ¿Y no sería además un obstáculo este puerto franco, al fomento de los restantes de esta provincia española Exportaría, se nos dirá, muchos efectos para las vecinas repúblicas, pero esto, ¿redundaría en bien de la Península y de España Ya lo hemos dicho: las ventajas de estos establecimientos son solamente productivos para el extraño negociante que los fundó, y cruzan por el país sin dejar apenas la menor huella de su paso.

Si se tratase de declarar la franquicia solamente para los instrumentos de labranza, las casas de madera, y todo lo demás que tendiese al fomento de la Península, nada más en armonía con nuestras ideas, y nada más conveniente a aquel objeto, reduciéndolo a una extensión prudente; pero el puerto libre de depósito para exportación como lo son Gibraltar y Santo Thomas, no vemos que cause ventaja alguna a este país ni a España ni al comercio de ninguna de nuestras provincias de América.

En nuestro razonamiento hemos citado a Gibraltar y Santo Thomas y esta comparación no es exacta, porque ambos puntos son absolutamente incapaces de vida propia y solo así pudo dársele alguna importancia mientras que Samaná, si bien hoy «como hemos visto» no nos ofrece ricos productos ni otras ventajas materiales, nos las podrá dar y debemos esperarlas con el tiempo, como veremos en otro lugar. Además de esto, ni la Inglaterra, ni Dinamarca tienen en sus dichas posesiones la vecindad de ricas provincias a quienes perjudicar con su libre comercio, como sucede a España con respecto a Samaná.

Se nos dirá que, siendo el objeto principal de esta medida, llamar una población que luego ha de ceñirse a las otras leyes generales de la nación, se haría la concesión únicamente como temporal. Esto es imposible, y por tal medio nadie vendría a establecerse aquí.

El día que el gobierno decretase la franquicia, tendría precisamente que ser, dando garantías de estabilidad a ese comercio; porque no es a una población formada ya, y con algunos recursos, a quien se concede este favor; sino a una que se trata fomenten esos mismos comerciantes a costa de inmensos sacrificios: pues han de traer del exterior los brazos, las herramientas y hasta las maderas con que han de fabricar sus almacenes, porque si bien hay árboles con abundancia en el país, les sería más costoso su corte y su labrado que trayéndolas consigo.

Sería además de absoluta necesidad la construcción de grandes muelles, y crear una población activa de trabajadores para las necesidades de la carga y descarga, y demás atenciones que requieren estos puntos de depósitos. Todo esto habría que hacer en una localidad insalubre y casi desierta, y esto no se improvisa tan fácilmente como se piensa y se dice.

Si en toda esta parte de América no hubiese otro puerto franco, todavía a pesar de tales obstáculos, se formaría más pronto esta población comercial: pero no siendo así, nosotros creemos que el comercio franco de Samaná, estaría reducido a ser una sucursal del de Santo Thomas, y como un punto avanzado de esta plaza para introducir ilegalmente sus géneros y manufacturas en Santo Domingo y Cuba como antes lo hacía en Puerto-Rico: y si pequeñas son siempre las ventajas que reportan a un país estos establecimientos, menos, o mejor dicho ningunos, serían las que dejase éste; estando reducido a ser un humilde dependiente de otro.

Y decimos esto, porque en Santo Thomas está ya todo hecho. Tiene una población activa e inteligente, magníficos muelles, bancos de depósito, y principalmente un clima saludable y la libertad de cultos que permite al comisionista de cualquiera religión, llevar allí su familia y adoptar por suyo aquel país, al cabo de algunos años.

Reasumiendo lo dicho, resulta que el puerto franco de Samaná, no traerá ventajas a esta Península; que causaría una baja considerable en las rentas de nuestras otras provincias de América; que como puerto de extracción para el extranjero sería insignificante por muchos años, estando tan cerca el de Santo Thomas; y por último, que para lograr su establecimiento, tendríamos que declarar perpetua la medida de dicha franquicia, comprometiendo nuestros intereses futuros, por unas «cuando menos» dudosas ventajas del presente.

Pudiera ser, que con esta medida se formase una población al cabo de cierto tiempo: pero ¿es tan imposible la explotación de las riquezas propias de esta Península, que no tengamos otro medio de fomentarla Ciertamente que no: y el modo de llevarlo a cabo con seguridad y el menor tiempo posible, será el objeto principal de nuestro siguiente artículo.”