Rusia fue siempre expansionista

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La Unión Soviética fue un imperio pobre. Durante la segunda guerra mundial, los alemanes destruyeron pueblos, carreteras, cosechas, animales, ciudades completas, lo cual dejó aquel extenso territorio en condiciones deplorables. La colectivización asumida por Stalin no hizo más que agravar la catástrofe. De ahí, la hambruna entre 1946-1948, que mató a más de un millón de personas, junto a la proliferación de chabolas en las urbes y 18 millones de soviéticos que vivían en chozas. Para 1950, treinta y tres años después de la revolución de octubre, Rusia, como Madre Patria de todo el sistema socialista, aspiraba, por lo menos, a tener un nivel parecido al de Bélgica, un país entonces con poco más de 8 millones de habitantes (hoy tiene 11 millones). El Producto Interno Bruto de toda la URSS era para entonces la tercera parte del de EE. UU.  

Aunada a la dura represión estalinista, la URSS vivía en los años cincuenta uno de sus peores tiempos. Las purgas constantes, los gulags, persecuciones a todos los sectores: intelectuales, científicos, economistas, médicos, familiares y hasta a los propios generales que servían a Stalin. Fue oprobioso e irracional: Stalin condenaba a la física, la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad, y obligó a la Academia de Ciencias a dictaminar que los conceptos de Albert Einstein eran oscurantistas y subjetivistas. Todo eso en un sistema que privilegiaba, teóricamente, la ciencia contra cualquier otra concepción de la vida.  Al final de su existencia, Stalin solo contaba entre sus fieles a Lavrenti Beria, el jefe de su policía secreta, el mariscal Malenkov, uno de sus íntimos, Nikolái Bulganin, de la policía política, y Nikita Jruschov, quien según él mismo declarara años después, había “metido las manos en la sangre, no hasta los codos sino hasta las espaldas”.

Stalin sufrió un derrame cerebral en su dacha el 1 de marzo. Llamaron a Malenkov y a Beria para que decidieran qué debía hacerse. Beria dijo que dejaran descansar al enfermo. Algunos han conjeturado lo del envenenamiento preventivo supuestamente dado por Beria al jefe de la URSS, aunque otros afirman que fue la “no asistencia a persona en peligro”. En otras palabras, lo dejaron morir. Habían pasado doce horas desde que Stalin había sido encontrado por sus escoltas tirado en el suelo, consciente pero sin habla. Murió el 5 de marzo. Corría el año 1953. Como todo en la URSS era decidido por el dictador, Vasily Grossman escribió en su libro Todo fluye que “Stalin murió sin orden del camarada Stalin”.

Lo sustituyó Nikita Jruschov, quien pronto iniciaría el proceso de “desestanilización”, y tres años después pronunció su célebre discurso de cuatro horas a puertas cerradas frente a los miembros del Comité Central,  donde denunció los crímenes de su predecesor y mentor. Pudo haber sido Beria el sucesor, quien rápidamente decretó una amnistía para más de un millón de presos y la rehabilitación de las víctimas de Stalin. Pero, su fama de verdugo lo perseguía hasta entre sus mismos compañeros de gobierno. Fue arrestado tres meses después de la muerte del dictador en plena sesión del Politburó y fusilado en el acto. El poder quedó en manos de un triunvirato: Malenkov, Jruschov y Bulganin. Jruschov hizo su propia purga y logró quedarse solo en su reinado. Ucranio de nacimiento, no perdonaba a Stalin por haber perseguido a los pueblos soviéticos, deportando a unos y a otros a destinos diferentes a los de su nación de origen, aunque, según Nikita, “los ucranianos escaparon a tal suerte porque eran demasiado numerosos y no sabían dónde mandarlos”.  Jruschov había sacudido “las columnas del templo” al declarar a Stalin “dictador incompetente, separado de su pueblo y responsable de todos los desastres”. Gobernó durante once años, pero, insólitamente, la creación de un estado menos severo, más permisivo en materia ideológica, creó un ambiente contrario a las directrices de los nuevos gobernantes, por lo que Jruschov terminó siendo sustituido por uno de sus colaboradores, Leonid Brezhnev. “Los esfuerzos -ha dicho un estudioso del tema- para reformar el sistema fracasan siempre, precisamente por tratarse de un “sistema”. La empresa de reforma era imposible después de cuarenta y siete años de gobierno socialista. Las masas no entendían la desacralización del Estado, como tampoco la imposición de un sistema más liberal. Veinticinco años después se comprobaría de nuevo esta realidad, cuando Mijail Gorbachov intentó crear un ambiente de apertura (Perestroika) y de transparencia (Glasnot).

Si algo caracterizó a la Unión Soviética fue su programa expansionista, específicamente el proceso de rusificación de las naciones conquistadas o creadas durante el régimen. Ninguna de las 15 naciones que conformaron la URSS podía distinguir lo que eran sus ciudadanos realmente: si rusos o si soviéticos. Rusia sufría igual que las otras, estaba afectada por los mismos padecimientos. Pero, desde Stalin hasta que Putin volvió a reinventar ese proceso, la rusificación ha sido uno de los hechos más contundentes del viejo régimen, como del que desde inicio de este siglo dirige el nativo de la antigua Leningrado, hoy San Petersburgo. Como Jruschev, su sustituto Brezhnev, era ucranio, por lo que ambos tomaron medidas para, aun manteniendo la centralización, indispensable para la cohesión del sistema, crear un nuevo relacionamiento con las naciones periféricas a Rusia, eso que hoy Putin llama “los extranjeros próximos”.

El antecesor de Vladímir Vladímirovich Putin fue Boris Yeltsin, quien buscó como Gorbachov un acercamiento más formal con Estados Unidos y Europa, reconoció la condición de europeo de los ciudadanos rusos y estableció como meta impedir el regreso de los partidarios del régimen soviético. Desde antes de Putin, el tema de Ucrania y Bielorrusia ha estado sobre el tapete. Y todavía más: en la época de los zares se intentó prohibir la lengua ucrania.  Alexandr Solzhenitsin se quejaba, más de treinta años atrás, en 1990, de la rusificación de Ucrania. “Si el pueblo ucraniano desea realmente independizarse nadie debería retenerlo por la fuerza”, afirmaba el Premio Nobel de Literatura. “Hay que evitar esa cruel división, porque se trata de una ofuscación de los años del comunismo…Hay que abrir el camino a las culturas ucranianas y bielorrusas…La rusificación no debe ser forzada”, afirmaba el laureado novelista. Putin, desde que llegó al poder, hace casi veintitrés años, ha deseado regresar a Rusia a los países independizados de la antigua URSS. No es una actitud de ahora, data de hace más de dos décadas. Sus colaboradores más cercanos son sus antiguos compañeros del KGB, quienes ocupan las principales funciones de su gobierno. No es la primera vez que ataca a  Ucrania. Ya lo hizo antes, en 2009, con la guerra del gas entre ambos países, en el plan de Putin de estrategia energética que devuelva a Rusia su estatus de gran potencia, ya no pobre como la URSS, sino rica y con alta potencia nuclear (La revista Forbes ha registrado más de 35,000 millonarios y 27 multimillonarios en dólares, en Rusia). Para Putin, Ucrania debe ser parte de la Federación Rusa, ya que Kíev es “la cuna de la rusidad”. Por eso minimiza su existencia como nación afirmando que Ucrania fue un invento de Lenin. El valiente presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski –sexto presidente de esa nación- reclama el europeísmo de su pueblo y su firme alianza con occidente. Putin está dispuesto a impedirlo, aduciendo la existencia de arsenales nucleares y ambiente pro nazi que el presidente francés Emmanuel Macron niega rotundamente. “No digas más mentiras”, le espetó a Putin por la vía telefónica. El pueblo ruso utiliza un viejo adagio: “Marzo quiebra el invierno”. Y en marzo de 1953 se puso fin al largo invierno de Iósif Stalin. Es de desear que llegue pronto una primavera fresca y definitiva para Ucrania.

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    Alexandr Solzhenitzin |Círculo de Lectores, 1995 |186 págs. | Nikita Jruschov se lamentó de haber permitido la circulación de este libro en 1962, que provocó una conmoción en la URSS que tuvo consecuencias.
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    Vasili Grossman |Círculo de Lectores, 2008 |288 págs. | El testimonio de la libertad asesinada en la política, en la agricultura, en la filosofía y, sobre todo, en el alma de los rusos.
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    Vasili Grossman | Círculo de Lectores, 2007 | 1,009 págs. | La gran novela del siglo XX. Una novela de guerra, una saga familiar, una novela política, una novela de amor que cambia la vida a quien la lee.
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    John Morrison | Editorial Norma, 1991 | 448 págs. | Crónica de los acelerados cambios que buscó imponer en Rusia el discípulo de Gorbachov, quien luego renunciaría a favor de Putin.
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    Steven Lee Myers | Ariel, 2018 | 583 págs. | Ascenso y dominio de Vladímir Putin. Un libro para comprender las implicaciones que Rusia puede acarrear para el futuro de todo el planeta.
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